El tren se
movía despacio. Estaba lleno de gente amontonada. La pequeña Mischke se
encontraba en una esquina agazapada, agarrando con fuerza a su peluche. Miró a
una mujer mayor, que tenía la mirada perdida, sin fuerza. Decidió hablarla,
para animarla un poco.
-Se llama
Rudy- dijo la pequeña refiriéndose a su peluche- lo hice yo misma, con los
restos de una camiseta vieja. Lo llené de arena. Los ojos son dos botones de
una camisa ¡Cómo se enfadó mi madre al ver que los había descosido! Pero no
dejé que me los quitara. También le puse mi colgante, a mi me molestaba, pero a
él le queda muy bien, ¿Verdad?
La anciana
miró a Rudy. Hecho de tela marrón, con unos ojos de botón desgastados y una
sonrisa de hilo ennegrecido. Una patita era más larga que la otra, y los brazos
muy gordos en proporción al cuerpo. Lo único que brillaba, era el pequeño
colgante dorado. Luego miro a la niña, de ojos y pelo oscuro, con la mirada
asustada, llena de incomprensión. Lo más probable es que no supiese a donde
iban. Le dedicó una sonrisa triste a la pequeña.
De pronto
abrieron las puertas del tren, y la gente salió como granos de arroz salen de
un saco roto. Unos hombres vestidos de marrón, que no paraban de gritar, les
ponían en fila y golpeaban. Luego pasaban uno por uno, y les dirigían a
diferentes lugares.
Cuando uno
de los hombres de marrón llegó a Mischke, miró con desprecio a su peluche.
-Dámelo- la
exigió.
Como toda
respuesta, la pequeña le dedicó su mirada de incomprensión y miedo. Eso enfadó
al hombre de marrón.
-¿¡Eres
tonta?! ¡Dame ese horrible muñeco! – lo agarró y tiró de él, la niña se
defendió.
-¡No!
¡Déjelo, es mío!
El hombre de
marrón la soltó, sacó su pistola. El cuerpo inerte de Mischke cayó al suelo,
con el bracito de Rudy aun entre sus pequeños dedos. Dos lágrimas saladas
corrieron por las arrugas de la anciana del tren.
Ya, por fin,
aquel hombre que disparó a una niña por un juguete, pudo quitárselo de las
manos. ¿Qué haría ahora con Rudy? Pensó en tirarlo, pero se fijó en el colgante
dorado de su cuello de tela, y se le ocurrió una idea mejor.
Abrió la
puerta de su enorme casa.
-¡Ya estoy
aquí!- anunció en la entrada.
Una mujer
con un brillante pelo rubio y unos ojos intensamente azules llegó a saludarle.
-Hola
cariño- le besó en los labios.
-¿Dónde está
Klaudia? Le he traído algo.
La bella
mujer le miró con preocupación mal disimulada.
-Vamos. Le
replicó él- sólo es un muñeco.
Ella señaló
escaleras arriba. Él llegó al cuarto de Klaudia. En las estanterías de su
habitación había flamantes muñecas de porcelana, con ojos brillantes y cabellos
sedosos, perfectamente peinados.
-Hola
cariño- le dijo a su hija – te he traído una cosa.
Le tendió a
Rudy. La niña lo miró con asco.
-Pero papá,
es muy feo, no lo quiero, tíralo.
El hombre
sonrió.
-Que torpe
soy, tienes toda la razón. No te preocupes mi amor, ahora mismo me desharé de
él.
Se dio la
vuelta para salir de la habitación.
-Espera-
Dijo Klaudia de pronto.
Su padre la
miró extrañado ¿Acaso se iba a apiadar de Rudy?
-Déjamelo un
momento.
Lo cogió con
cuidado, no por delicadeza, sino por su propia integridad, como si tuviese
miedo de que lo contagiara cualquier horrible enfermedad. Miro el colgante
dorado que colgaba de su cuello y lo quitó.
-Esto si lo
quiero.
El padre
sonrió de nuevo.
-Muy bien.
Su madre
llevaba un rato apoyada en el marco de la puerta, con su mal disimulada
preocupación.
-Pero hija…
no es tuyo, es del muñeco.
-¿Para qué
querría un bicho tan feo una cosa tan bonita?
-Tiene
razón- cada vez sonreía más orgulloso su padre.
Salió de la
casa al contenedor más cercano, y arrojó
con asco el cuerpo de Rudy, en el que ya no brillaba nada. El muñeco, más
desamparado que nunca, miraba a su alrededor con sus ojos de botón desgastados
y su sonrisa de hilo ennegrecido, una sonrisa triste, como la de la anciana del
tren
